Después de un año de estudios muy pesado, por fin las vacaciones habían llegado. Tenía un montón de actividades que había programado antes y quería aprovechar las dos semanas libres que tenía antes de empezar las prácticas.
El primer día, salí para comprar algunas películas que me había perdido durante el segundo semestre de mis estudios. Hacía mucho calor y decidí tomarme un zumo en un café antes de volver a casa y no sabía que toda mi vida iba a cambiar en ese café.
Entré y elegí una mesa que estaba en el fondo. Me estaba dirigiendo hacia la mesa cuando me crucé con el camarero y, sin querer, derramé el café que llevaba sobre un chico. En ese momento sentí mucha vergüenza y no supe como disculparme ante el chico que ya había empezado a gritarme: ¿¡Tienes la cabeza en otro planeta o qué!? ¡Mira cómo me has puesto la ropa! ¿¡Ahora cómo voy a salir a la calle así!?
Le expliqué que no lo había hecho a propósito, que la situación no merecía todo lo que estaba haciendo y que podía llevarlo en mi coche hasta su casa. Se quedó silencioso por unos segundos, así que pensé que había aceptado mis disculpas, cuando de repente el chico tomó el vaso de agua que estaba encima de la mesa y me lo echó sobre la ropa, lo abofeteé en seguida y me fui del café.
Monté en mi coche y antes de arrancar, me llamó la atención el sonido de un frenazo. Me bajé y fui a ver qué había pasado. Una mujer me dijo que el coche había atropellado a un chico que estaba cruzando corriendo en frente del café. Me acerqué al lugar del accidente y allí me encontré la sorpresa. El herido era el chico del café. Estaba inconsciente.
Me sentí culpable e intenté despertarlo. En ese momento vino la ambulancia y decidí acompañarlo. Treinta minutos después de llegar al hospital me dejaron entrar a verlo. Estaba durmiendo como un ángel. Al verlo, me pregunté cómo una persona tan inocente, como él parecía serlo, podía hacer lo que había hecho en el café. Me acerqué a la cama y, de repente, puse su mano entre las mías y empecé a decirle (aunque sabía que no me oía): ¡Lo siento mucho! ¡No quería ofenderte, pero me provocaste! En ese momento abrió sus ojos lentamente. Al verlos, sentí un escalofrío en mi espalda. Sus ojos eran azules como el agua del mar. Él estaba sorprendido de verme. Yo intenté quitar su mano de las mías, pero no me dejó y me dijo: “¡Lo siento! No quería ofenderte, estaba furioso cuando estaba en el café… Es que acababa de descubrir que mi mejor amigo estaba engañando a mi hermana…”
Cuando me contó su problema, acepté su disculpa. Me propuso cenar juntos al día siguiente. Así empezó una historia de amor que yo llevaba esperando hacía ya muchos años. Me preparé para la cena y estaba muy contenta porque iba a verlo de nuevo. Pero ya no pude. El despertador sonó y no me dejó terminar aquel sueño maravilloso.
Saloua FENNICH